Cómo afrontar las fiestas navideñas y no morir (emocionalmente) en el intento

04.12.2018

Pilar Jericó

Ahora que se acercan las fechas navideñas vamos desempolvando nuestras máscaras de personas "superfelices", de que nos va "genial" en nuestra vida. La perfeccionamos cuando nos reunimos con nuestras familias políticas o cuando estamos con amigos que hace tiempo que no vemos. No es de extrañar que ciertas reuniones o que algunos encuentros navideños nos motiven tanto como tirarnos a un río congelado. El motivo es sencillo: mentir agota. Mentir estresa una barbaridad porque implica dos esfuerzos: uno el de la propia mentira (a ver si no me pillan...) y otro, el de suprimir las emociones. Por eso, cuando uno se quita de encima una mentira se siente profundamente aliviado. Pero nuestra mentira no solo habita en Navidades, sino en nuestra vida en general e, incluso, en nuestro trabajo.


Tal Ben-Sharar, profesor de pensamiento positivo de Harvard, menciona en su libro La búsqueda de la felicidad un estudio en Alemania en el que se comprueba que aquellos profesionales obligados a sonreír frecuentemente, como azafatas o vendedores, son más propensos a sufrir depresión, estrés, problemas cardiovasculares o tensión alta. Personalmente, he conocido además brillantes directivos que dirigían grandes empresas y que lo dejaron precisamente por la necesidad de tener que aparentar demasiadas veces. Y el motivo es el mismo: la máscara cansa... aunque tenga un sentido social. Tampoco es cuestión de ir contando a todo el mundo nuestros problemas, de sentarnos con la suegra como si estuviéramos en un confesionario o de decirle cuatro cosillas a ese cliente incómodo (aunque a más de uno seguro que le encantaría). Si queremos ser corteses, necesitamos disimular ciertas emociones, pero no suprimirlas de nuestras vidas. Por ello, la solución pasa por encontrar un "nicho reparador".

El nicho reparador es un espacio en el que realmente podamos ser sinceros con nosotros mismos y en el que reconozcamos que no nos gustan ciertas cosas, que tenemos miedo, que nos sentimos superados o cualquier otra emoción genuina con poco marketing para las fechas que se aproximan. El nicho reparador puede ser un amigo, un diario, un dibujo... todo aquello que te dé pie a expresarte y a reconocer tu vulnerabilidad, aunque parezca que vaya en contra de los cánones de la "autoayuda".

Se ha escrito mucho sobre las excelencias de darnos mensajes positivos como "soy fantástico", "soy el rey del mundo" o cosas así. Hay un sinfín de libros y de conferencias que tienen como objetivo que nos creamos que somos superman o superwoman. Y es posible que después de escucharlo, tengamos un subidón importante, pero este no dura mucho, porque es una media verdad. Porque es cierto que somos grandes, pero también somos temerosos. Lo que más nos ayuda y perdura en el tiempo es la sinceridad con nosotros mismos, abrazar esa parte que no nos hace mucha gracia, que tiene miedo o que lo pasa mal. Porque por mucho que pensemos que somos los reyes del mambo, si no aceptamos el dolor, no salimos de él. Así de simple. Y si lo hacemos, además, conseguiremos que el resto se sienta mejor consigo mismo.

Cuando estamos en un entorno de confianza y somos sinceros con lo que nos ocurre, hacemos que el otro no piense que es un bicho raro porque él es el único que sufre mientras el resto está tan contento. Y si no, recuerda cómo te sientes después de estar con una persona que te ha vendido lo maravilloso que le va en todos, absolutamente todos los ámbitos de su vida. Insisto: tampoco es cuestión de ser sinceros con el primero que nos encontremos ni desnudar nuestra alma hasta el infinito y mucho más, sino en no cerrarnos a cal y canto ni ir cargando con una máscara que nos debilita profundamente por dentro. Por eso, las mejores conferencias y los mejores libros son los sinceros, aquellos que nos acarician internamente y en los que nos sentimos reflejados con lo que escuchamos o leemos.

En definitiva, para afrontar con éxito las fiestas navideñas y no morir emocionalmente en el intento, construyamos un nicho reparador. Pongámonos las máscaras en nuestro trabajo, en nuestro entorno o en las cenas familiares o de amigos para ser amables y encontremos nuestros espacios para expresarnos realmente nosotros mismos.